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La pérdida de la inocencia: construyendo el lenguaje visual de "Rick Rubin"

  • Foto del escritor: Sebastián Vázquez
    Sebastián Vázquez
  • hace 22 horas
  • 5 min de lectura

Algunas canciones piden una historia. Otras, un estado emocional. Desde la primera escucha de Rick Rubin, entendimos que el reto no era ilustrar la letra, sino construir un universo visual que respirara al mismo ritmo que la música.


La conceptualización de la imagen nació de la necesidad de plasmar una inocencia que ya no existía: una forma de mirar el mundo que ha dejado de corresponder con la realidad y que, al menos para la protagonista, se encuentra en un cambio constante que ya no le ofrece un lugar seguro.


Gran parte de la propuesta inicial ya estaba presente en las ideas de Diego, autor del concepto original. Desde el principio buscaba retratar, de manera simbólica, la dualidad en la que habita el personaje: dos versiones de una misma persona, antes y después de la pérdida. Incluso en los primeros bocetos de conceptualización, muchas imágenes ya existían con una claridad sorprendente; nuestro trabajo consistía en traducirlas al lenguaje cinematográfico.




  • Un globo rojo flotando sobre un campo muerto.

  • Una niña con un casco de motocicleta.

  • Una rosa que, inicialmente blanca, termina por teñirse de rojo.


Una vez definidas esas imágenes, surgió una pregunta inevitable: ¿cómo hacer que la cámara transmitiera esa misma sensación? La fotografía debía acompañar el estado emocional del personaje sin explicarlo de forma literal.



La fotografía infrarroja se convirtió en la principal refrencia para lograr el look que estaba buscando.
La fotografía infrarroja se convirtió en la principal refrencia para lograr el look que estaba buscando.

Ya definido el concepto, la fotografía tenía que encontrar una forma de materializarlo. La pérdida de la inocencia no podía representarse únicamente a través de la puesta en escena; necesitábamos que la propia imagen transmitiera la sensación de habitar un mundo que había dejado de ser familiar.


Fue entonces cuando surgió la decisión de trabajar con un filtro infrarrojo FOTGA 550–730 nm. Más que un recurso estético, era una forma de alterar la percepción de la realidad. Buscábamos una imagen que retratara el mundo como algo imposible: cielos de una profundidad casi irreal, vegetación convertida en blanco y pieles con una cualidad fantasmal. Una realidad reconocible, pero ligeramente desplazada, como si la protagonista observara el mundo desde un lugar al que ya no pertenecía.


La primera dificultad apareció incluso antes de comenzar el rodaje: ¿cómo capturar esa imagen? Aunque la Sony FX30 era la cámara elegida para el proyecto, su sensor incorpora un filtro de corte infrarrojo muy efectivo, lo que la hace especialmente resistente a registrar este tipo de luz. En la práctica, esto significaba que el filtro por sí solo no sería suficiente para obtener el efecto que buscábamos; habría que experimentar con la exposición, las condiciones de iluminación y la configuración de cámara para descubrir hasta dónde era capaz de llegar el sensor.


El proceso comenzó con la instalación del filtro sobre la cámara y la realización de un balance de blancos personalizado, indispensable para neutralizar el dominante rojo que produce el infrarrojo y acercar la imagen a una representación más natural, con una temperatura de color por debajo de los 2500K, y un tint hacia los verdes (G6-7, aprox). Este paso nos permitió visualizar, desde el set, una aproximación al resultado que buscábamos sin depender por completo de la postproducción.


Nuestra intención inicial era filmar en S-Cinetone, aprovechando el aspecto más terminado que ofrece este perfil de imagen. Sin embargo, las primeras pruebas dejaron claro que el filtro absorbía una cantidad considerable de luz. A pesar de trabajar en exteriores y bajo un sol intenso, la exposición seguía siendo un factor crítico. Por esa razón decidimos grabar en S-Log3, sacrificando la inmediatez del resultado en favor de un mayor rango dinámico y una mayor flexibilidad durante la corrección de color.


La elección de la velocidad de captura también respondía a la narrativa. Todo el videoclip fue registrado a 60 fotogramas por segundo, mientras que momentos específicos se grabaron a 120 fps para llevar la sensación de suspensión todavía más lejos. Desde el rodaje sabíamos que ese material sería interpretado en postproducción sobre una línea de tiempo de 24 fotogramas por segundo, permitiéndonos ralentizar el movimiento sin sacrificar fluidez.


La cámara lenta no buscaba únicamente enfatizar ciertos movimientos. Su intención era representar una percepción alterada del tiempo: un estado donde los segundos parecen estirarse y el mundo permanece suspendido. En el universo de Rick Rubin, la protagonista habita un limbo emocional, atrapada entre la inocencia que ha perdido y una realidad que todavía no termina de aceptar. Esa permanencia del tiempo se convirtió en una herramienta narrativa para expresar un proceso de transformación que ocurre de manera silenciosa, casi imperceptible.


Antes del rodaje realizamos una serie de pruebas comparando planos con y sin el filtro infrarrojo. Más allá de evaluar el comportamiento general de la imagen, nos interesaba observar cómo reaccionaban los elementos rojos del cuadro, ya que serían los encargados de conservar gran parte de su color original. El maquillaje, los globos, la resortera y, sobre todo, la sangre, se convirtieron en puntos de referencia para entender el lenguaje cromático que tendría el videoclip.


Al llevar el material a la sala de edición para comenzar el montaje, entendí que el verdadero reto apenas comenzaba. El aspecto conseguido en cámara funcionaba como una base sólida, pero todavía estaba lejos de la imagen que habíamos imaginado durante la conceptualización. El infrarrojo estaba ahí, aunque aún no con la fuerza suficiente para convertir el mundo en ese espacio extraño y ajeno que buscábamos.


Durante varios días intenté desarrollar el color por mi cuenta, explorando distintas posibilidades para llevar el material un paso más allá. Sin embargo, conforme avanzaba el proceso, quedó claro que el proyecto necesitaba una aproximación mucho más profunda y metódica. No se trataba únicamente de corregir el color, sino de construir un lenguaje visual que respetara las particularidades del material infrarrojo y potenciara la narrativa.


Corrección básica inicial hecha por mí.
Corrección básica inicial hecha por mí.
Corrección final hecha por Carlos.
Corrección final hecha por Carlos.

Fue entonces cuando decidí invitar a Carlos a colaborar en la corrección de color. Su participación fue determinante para llevar la imagen hacia el lugar que habíamos imaginado desde el principio, respetando las cualidades del material capturado y encontrando un equilibrio entre lo reconocible y lo imposible. Su trabajo fue invaluable y terminó de darle forma a una imagen que, hasta ese momento, solo existía como una intención.


Todo esto ocurrió, además, bajo una limitación importante: el tiempo. Desde el inicio de la postproducción hasta la entrega final transcurrió apenas una semana y media. De ese periodo, la etapa dedicada exclusivamente a la corrección de color fue de apenas cuatro días, por lo que muchas decisiones tuvieron que tomarse con rapidez, sin perder de vista la intención narrativa que había guiado el proyecto desde su concepción.


Aunque la fotografía definía el universo visual, el montaje terminaría de darle sentido. Además de fotografiar el proyecto, también asumí la edición, lo que me permitió mantener una misma intención desde la conceptualización hasta el último corte.


Desde el principio tuvimos claro que el ritmo del videoclip no debía responder únicamente a la música. A pesar de que Rick Rubin posee una energía intensa y acelerada, decidimos alejarnos de un montaje frenético. En su lugar, buscamos planos capaces de sostenerse por sí mismos, imágenes que respiraran el tiempo suficiente para que el espectador pudiera habitarlas.


Ese contraste era parte de la propuesta. Mientras la canción avanza con fuerza, la imagen permanece suspendida, como si el tiempo se negara a seguir el mismo impulso. La protagonista no vive la velocidad de la música; vive atrapada en un instante que parece prolongarse indefinidamente.


Al final entendí que ninguna de las decisiones técnicas que tomamos —el infrarrojo, la velocidad de captura, la corrección de color o el montaje— existía por sí sola. Todas respondían a una misma pregunta: ¿cómo se fotografía el momento en que alguien deja de mirar el mundo con los ojos de un niño?


Si Rick Rubin consigue transmitir esa sensación, no es por un filtro, una cámara o un proceso de color. Es porque cada una de esas herramientas estuvo al servicio de una idea: retratar ese instante silencioso en el que la inocencia desaparece y el mundo comienza a verse diferente.




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